miércoles, 16 de septiembre de 2009

Serpiente.

El halcón por fin la miró. Llevaba allí apostada, esperando pacientemente, más de dos horas y hacía mucho calor pero apenas se había movido. Su respiración era casi inaudible, casi no se notaba como subía y bajaba su pecho cuando el ardiente aire entraba por su nariz. Se moría de sed y tenía los labios secos, pronto se agrietarían, pero ahora tenía su recompensa. El halcón se miraba y se establecía la conexión. Los latidos de ambos se acompasaron, fue como siempre, un lazo entre los dos, y sintió. Sintió el alma del halcón, libre y altiva, fusionándose con la suya propia, libre cada vez que llegaba a ese estado. Vio, recordó y hasta vivió todo lo que había ocurrido en la existencia del ave y pudo comprender.
Cuando los pensamientos del halcón dejaron de ser una red inconexa de ideas sin destinatario para pasar a ser un auténtico reclamo de conversación supo que debía comenzar a dibujar. Los trazos salieron solos, como siempre, quebrando la blanca pureza del papel con el carboncillo ahora negro. Se sentía exaltada, tan emocionada que estaba fuera de sí. Era la simbiosis perfecta y disfrutaba como si fuera la primera vez cada vez que lo lograba.

Pero no duró mucho, al menos no lo suficiente como para que lograra captar la esencia del animal en el dibujo a través de su mano. Sintió, no oyó, un grito desesperado. Furia y miedo al mismo tiempo. Y la conexión se quebró. El halcón pareció volver a sí mismo y ella a su propio cuerpo, las almas se habían separado de forma demasiado violenta para su gusto. El ave la miró, parecía indignado. Abrió sus enormes alas, grises con pequeñas motas blancas y marrones, y echó a volar. Lejos, hasta perderse en la luz del sol.
Mientras miraba como su ilusión se evaporaba, consiguió entender más de ese grito. Alguien se veía amenazado, alguien estaba furioso y había atacado a eso que le había hostigado. Ese eso era un humano, un humano que había sido mordido por una serpiente.
Ella bufó, decepcionada, y se dio la vuelta sobre si misma, quedando boca arriba. El único motivo por el que se movió y casi voló hasta el humano que prácticamente aullaba de dolor fue que percibió otra presencia. Otra serpiente cerca de la inofensiva culebra bastarda se había sentido también atacada. Era una cobra, una Naja que estaba preparándose para atacar. En 15 minutos, ese humano que no sabía donde se había metido estaría probablemente muerto.

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