lunes, 21 de septiembre de 2009

Corre.

Notaba que se acercaba porque el dolor en su cabeza aumentaba, la mordedura de la pequeña Malpolon le había hecho bastante daño en la pierna, por lo que podía percibir en el caos mental, del chico, un chico joven y solo. A otra persona quizá le hubiera picado la curiosidad, pero no a ella, y mucho menos en ese momento. Conforme se acercaba empezó a sentir también el miedo, la rabia y la desesperanza de aquella persona que se sentía completamente desamparada. Una parte de ella pedía a gritos cambiar de dirección, volver atrás y, con un poco de suerte, reencontrarse con el halcón, sabía que podía llamarlo, y así terminar su dibujo. No le gustaban las cosas a medias, era algo demasiado imperfecto. Como tampoco le gustaba aquello, eso sí que era algo terriblemente imperfecto, arriesgar su vida por salvar a un desconocido que probablemente ni se lo agradecería, eso si conseguía hacerle entender que le estaba ayudando. Bufó de nuevo y, en vez de dar marcha atrás, aceleró el paso. El chico tenía miedo, gracias a dios no era pánico, y, también afortunadamente, no sabía nada de serpientes de ese modo podía pensar que la otra serpiente que se acercaba cada vez más era igual que la primera.


Cuando divisó al claro fue disminuyendo el ritmo, observando la situación con todos sus sentidos atentos. El chico, de pelo negro, estaba de espaldas a ella y de cara a las serpientes, ligeramente encorvado hacia la pierna herida, una mano apoyada a un lado para mantener el equilibrio, la otra apretando con fuerza con encima de la mordedura. Las dos serpientes estaban a poco más de un metro de él, la mortal un poco más alejada que la otra. A la derecha del chico había una posible vía de escape, la serpiente más cercana no era la que le preocupaba. Al entrar del todo en el claro las serpientes la vieron, la Malpolon se giró hacia ella y la amenazó con su bífida lengua pero la Naja, tal y como ella esperaba, no apartó la vista de su futura presa. El sonido del siseo de la pequeña serpiente avisó al chico de su llegada y éste se giró en su dirección.

No pasó nada hasta que sus miradas se encontraron y los sentimientos de él, al menos la parte más fuerte en ese momento irrumpieron en ella, y la dejaron paralizada. Su mente se desconectó y el control de todo lo tomó su poder, su empatía controlaba la situación y eso no era para nada algo bueno. Sintió ganas de abalanzarse entre el chico y los dos reptiles para protegerlo, aún sabiendo que moriría. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, él se dio cuenta del único modo de sacarla del trance. Habló. Y aunque solo fue una palabra sirvió para que su mente volviera a razonar, a preguntarse sorprendida si era verdad eso que había oído y, lo más importante, a controlar.

¿Qué hacía alguien que hablaba su lengua en el hostil corazón de Turquía?

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