Reconozco que encontrar al final de mi camino una puerta cerrada fue un golpe duro. Tuve que detenerme a pensar, y el pensar en que hacer con mi vida me hizo sentir. La coraza que tenía en torno a mi corazón era demasiado débil aún, el recuerdo de Roxy, el de mi familia y el sueño de una vida completa que jamás había tenido me atormentaron todos a la vez. Creo que busqué un rincón, quizá en alguna posada, y me dejé caer dejando pasar el tiempo. Fue un estado de duermevela en el que apenas me movía y comía solo cuando la presión de Gilraen era insoportabe. Si no fuera por ella ya no seguiría con vida, me ha salvado tantas veces que no hay forma de agradecérselo.
Al final logré salir de ese estado. Después de largos días de reflexiones me vi levantado y dispuesto a salir de aquella posada sin nombre. Recordaba las palabras de Ira, según ella debía entrenarme, aumentar mi poder, ser mejor guerrero, mejor mago y mejor ángel. Aunque por aquel entonces no tenía ni idea de cómo conseguirlo, para mí mismo ya no podía ser mejor. No contaba con una familia a la que acudir, ni siquiera podía contar con los de mi raza, los ángeles seguían mirándome como sino fuera uno de los suyos. En mi camino no me había encontrado con vampiros ni con dragones, los elfos sentían cierta curiosidad por mí pero ninguno se había atrevido a acercarse, y los humanos seguían quedándose maravillados ante mi presencia. No había visto mucho más, mi camino lo había recorrido obcecado y no sabía cuanto me quedaba por ver del mundo. Por eso estaba tan furioso tras lo que me dijo la nigromante, no se trataba solo de volver a empezar sin saber por donde, sino que yo creía estar listo para lo que fuera y ella, una elfa que no me conocía de nada, me lo negó. Eso fue lo que me movió a salir de allí. Comencé a buscarla por toda la ciudad, preguntaba por ella a los simples humanos, abordaba a elfos y otras critaturas cuya raza desconocía, pero nadie había visto a la elfa nigromante. Empezaba a desquiciarme y con cada día de infructuosa búsqueda mi rabia aumentaba.
Un día salí de la cuidad, fui unos kilómetros hacia el norte y me vi envuelto por un enorme bosque. En mi ceguera no vi los numerosos ojos que me vigilaban ni sentí la presencia que me seguía de cerca. Pero si que notó el olor a dragón. La poca cordura que me quedaba desapareció, empecé a correr por el bosque guiándome por la peste de dragón hasta que finalmente llegué a un claro. Y ahí estaba la criatura. Ocupaba la mitad de la superficie libre de árboles, medía al menos tres metros y me miraba con ojos rojos encendidos. Era negro como la noche, negro como el dragón que mató a Roxy. Me abalancé sobre él mientras desenfundaba a Gilraen, quien pasó de daga a espada en cuestión de segundos. Pero el dragón estaba preparado, de sus enormes fauces salió una llamarada directa hacia mí. No recuerdo haber querido apartarme, creo que fue Gilraen quien hizo que cayera hacia la izquierda, esquivando el fuego. Me levanté del suelo con rapidez, justo a tiempo de esquivar de nuevo una llamarada. El dragón parecía reír, y eso me enfuercía aún más. Volví a saltar a por él y no supe esquivar su siguiente golpe, por fortuna fue una de sus garras. Caí al suelo, sabía que me había hecho daño pero a penas podía sentirlo. Busqué a Gilraen y la localicé a varios metros de mi, no tuve tiempo de llegar, el dragón volvió a golpearme con una de sus garras y caí aún más alejado de mi espada. Alcé la mirada mientras trataba de incorporarme, sentía el tobillo demasiado rígido como para moverlo, entonces vi al dragón y su mirada triunfante. Abrió la boca de nuevo y pude ver como salía el fuego de sus fauces. Pero no sentí que me quemaba, no sentí nada. En ese momento pensé que si Roxy había muerto así, entonces no estaba tan mal, no sentía dolor. Oí una palabra, seca y fuerte, y el fuego desapareció. Tampoco estaba el dragón. Ante mí estaba la elfa, Ira me miraba con cierto aire burlón.
- Estabas luchando contra un dragón recién invocado, y ni siquiera invocado por un nigromante de verdad, sino por uno de mis aprendices-el elfa hablaba con voz clara y serena-. No estás preparado para nada, y mucho menos para una llamada completa.
- Eso no lo sabes-respondí levantándome del todo-. No mo conoces, no sabes cual es mi nivel en la magia, elfa. Sé que puedo hacerlo.
- Morirías sin lograr nada, y no debes morir-dijo esto con cierto fastidio-. Sabes tan bien como yo que tu nivel de magia es más rídiculo que tu nivel en lucha. Déjalo, vete, conoce mundo y mejora. Quizá así puedas salvarla.
- No sabes nada de mí…-gruní.
NO se en que estaba pensando en ese momento, solo se que me guiaba por lo que me decía el corazón, y lo único que tenía claro era que demostrarle a Ira que era fuerte y poderoso era mi camino para salvar a mi amiga.
Rebusqué en mi memoria algún hechizo poderoso, pero solo encontré uno. De mis manos brotaron dos potentes chorros de agua que fueron directos a la elfa. Pero ella ni se inmutó, el agua rebotó contra el escudo invisible que ella había creado. Enfurecí aún más, algo tendría que haber para poder demostrárselo. Esta vez de mi mano empezaron a lanzarse hacia ella rocas de un tamaño considerable, ninguna consiguió pasar el escudo. Volví a centrarme pero cuando iba a mover mis manos para realizar el hechizo comprobé que no podía. Gruñí.
- ¿Qué me has hecho?
- Estás paralizado, ángel. Deja de ponerte en ridículo. ¿Agua y rocas contra una elfa? No son tus dones habituales, ni siquiera conoces los conocimientos básicos.
- ¡Se que puedo hacerlo!-grité- Además, ¿Qué más te da? ¿Por qué no me dejas intentarlo aunque muera?
- Eso no es asunto tuyo…-musitó ella.
Noté que su magia se había debilitado un poco, aún no podía mover mis manos pero quizá… Esa criatura me estaba menospreciando sin apenas conocerme y el futuro de Roxy estaba en mis manos, estaba muerta por mi culpa y debía hacer algo.
- Sólo eres una elfa maga con dones para los muertos, ¿Qué sabes tu de los dones de los ángeles? Ni siquiera eres de una raza superior…
- ¡Cállate!-su furia intentó taladrarme con la mirada- Se mucho de ángeles y se que no eres más que un niño.
Empecé a notar una fuerza en mi interior, no sabía de donde venía ni que era, solo sabía que podía usarla y como. La concentré en el cielo mientras hablábamos y las nubes comenzaron a poblarlo. Los rayos empezaron a relampaguear sobre nuestras cabezas.
- ¿Qué haces?
- Demostrarte que no soy un ángel inútil-respondí resuelto.
El primer rayo fue a parar a pocos metros de la elfa, mi parálisis desapareció. Observé como ella ampliaba su escudo hasta el hacerlo completo, un rayo rebotó sobre él. Corri hasta Gilraen y la empuñé mientras me acercaba a la elfa. Los rayos seguían sucediéndose, uno tras otro.
- ¿Sigues pensando que soy un niño?
- Eres un niño, además un niño estúpido-ella parecía más preocupada por mi que por cualquier otra cosa-. Esto te consumirá, Darien.
El oírla pronunciar mi nombre como si me conociera me enfureció aún más y esto fue más energía para los rayos. Uno de estos logró atravesar el escudo y golpeó a la elfa. SU protección finalmente cedió y me abalancé sobre Ira. Esta me vio venir y cintó hacia un lado esquivando mi brutal estocada. Me di cuenta de que tenía razón, comenzaba a cansarme, pero yo no me iba a rendir, no cuando había abanzado tanto. Salté de nuevo a por ella y esta vez conseguí darle, le rasgué una manga del vestido y sangre proveniente del brazo derecho de Ira empezó a manar. La tormenta, creada por mí, se había descontrolado, yo sabía que no podía pararla. Había oscurecido por las nubes, oía chillidos de otros seres y los árboles caían chamuscados en el bosque, pero sólo podía pensar en Roxy.
Todo pasó muy rápido, Ira me miró, una mezcla de rabia y disculpa pintada en sus ojos negros, y lo último que ví fue una bola oscura hacía mí. Ni siquera Gilraen pudo salvarme de este ataque.

por favor..no tardes mucho en poner la próxima parte..necesito saber qué le pasa a darien!!
ResponderEliminarUuuuuuuuuh es secreto!
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