Iba andando sin mirar a dónde, daba igual, no tenía prisa. La música repiqueteaba en sus oídos pero ella no la escuchaba, estaba demasiado ocupada escuchando sus pensamientos, las dos versiones de una misma idea. El viento le había revuelto el pelo, los mechones volaban a su antojo alrededor de su cabeza y sus manos estaban zambullidas en el fondo de los bolsillos, sin que ella recordaba haberlas metido ahí. Tenía frío y tampoco lo notaba. Era una de esas muchas personas que andaban por andar en el mundo, sin rumbo ni destino, hasta se podría decir que sin origen de tantas veces que se había echado a andar.
De repente un movimiento brusco, algo moviéndose por delante de ella e incluso notó la tierra temblar. Se paró en seco, su cuerpo se balanceó ligeramente hacia delante y luego hacia atrás, y alzó la mirada. Una rama cruzaba el camino del lado derecho hacia el izquierdo. Había pasado incontables veces por allí y jamás había visto eso, esa rama no estaba allí antes. Desvió su mirada hacia la derecha, el árbol se inclinaba hacia el sendero, aunque con imaginación parecía que se inclinara hacia ella.
La estaba mirando. Su respiración se agitó y trató de calmarse, de pensar con claridad pero el árbol la miraba. Era alto y robusto, quizá un roble pero ella no entendía mucho de la naturaleza, y sus ramas todavía estaban repletas de hojas. El otoño estaba muy avanzado pero el árbol todavía no se había deshojado.
Entonces, escuchó una voz. Asustada, apagó el reproductor de música, sus dedos fallaron varias veces antes de conseguirlo, y miró a los lados y tras de sí. Pero sólo estaban ella y el árbol. El árbol...
El árbol volvió a hablarle, esta vez con voz más clara. La chica entendió la pregunta, tragó saliva con lentitud y asintió. Había apretado las maños en forma de puño en torno a los bordes de su chaqueta.
Suavemente las hojas del árbol comenzaron a caer. Se deslizaban por el aire hasta llegar al suelo, algunas estaban unos segundos volando, otras tocaban la tierra enseguida y otras, las más rebeldes, llegaban hasta ella y danzaban a su alrededor, rozándola.
Cuando dejó de mirar las hojas, el árbol ya no invadía el camino. Ocupaba su espacio habitual en la zona no asfaltada pero seguía mirándola.
domingo, 15 de noviembre de 2009
sábado, 14 de noviembre de 2009
Tropieza
Reconozco que encontrar al final de mi camino una puerta cerrada fue un golpe duro. Tuve que detenerme a pensar, y el pensar en que hacer con mi vida me hizo sentir. La coraza que tenía en torno a mi corazón era demasiado débil aún, el recuerdo de Roxy, el de mi familia y el sueño de una vida completa que jamás había tenido me atormentaron todos a la vez. Creo que busqué un rincón, quizá en alguna posada, y me dejé caer dejando pasar el tiempo. Fue un estado de duermevela en el que apenas me movía y comía solo cuando la presión de Gilraen era insoportabe. Si no fuera por ella ya no seguiría con vida, me ha salvado tantas veces que no hay forma de agradecérselo.
Al final logré salir de ese estado. Después de largos días de reflexiones me vi levantado y dispuesto a salir de aquella posada sin nombre. Recordaba las palabras de Ira, según ella debía entrenarme, aumentar mi poder, ser mejor guerrero, mejor mago y mejor ángel. Aunque por aquel entonces no tenía ni idea de cómo conseguirlo, para mí mismo ya no podía ser mejor. No contaba con una familia a la que acudir, ni siquiera podía contar con los de mi raza, los ángeles seguían mirándome como sino fuera uno de los suyos. En mi camino no me había encontrado con vampiros ni con dragones, los elfos sentían cierta curiosidad por mí pero ninguno se había atrevido a acercarse, y los humanos seguían quedándose maravillados ante mi presencia. No había visto mucho más, mi camino lo había recorrido obcecado y no sabía cuanto me quedaba por ver del mundo. Por eso estaba tan furioso tras lo que me dijo la nigromante, no se trataba solo de volver a empezar sin saber por donde, sino que yo creía estar listo para lo que fuera y ella, una elfa que no me conocía de nada, me lo negó. Eso fue lo que me movió a salir de allí. Comencé a buscarla por toda la ciudad, preguntaba por ella a los simples humanos, abordaba a elfos y otras critaturas cuya raza desconocía, pero nadie había visto a la elfa nigromante. Empezaba a desquiciarme y con cada día de infructuosa búsqueda mi rabia aumentaba.
Un día salí de la cuidad, fui unos kilómetros hacia el norte y me vi envuelto por un enorme bosque. En mi ceguera no vi los numerosos ojos que me vigilaban ni sentí la presencia que me seguía de cerca. Pero si que notó el olor a dragón. La poca cordura que me quedaba desapareció, empecé a correr por el bosque guiándome por la peste de dragón hasta que finalmente llegué a un claro. Y ahí estaba la criatura. Ocupaba la mitad de la superficie libre de árboles, medía al menos tres metros y me miraba con ojos rojos encendidos. Era negro como la noche, negro como el dragón que mató a Roxy. Me abalancé sobre él mientras desenfundaba a Gilraen, quien pasó de daga a espada en cuestión de segundos. Pero el dragón estaba preparado, de sus enormes fauces salió una llamarada directa hacia mí. No recuerdo haber querido apartarme, creo que fue Gilraen quien hizo que cayera hacia la izquierda, esquivando el fuego. Me levanté del suelo con rapidez, justo a tiempo de esquivar de nuevo una llamarada. El dragón parecía reír, y eso me enfuercía aún más. Volví a saltar a por él y no supe esquivar su siguiente golpe, por fortuna fue una de sus garras. Caí al suelo, sabía que me había hecho daño pero a penas podía sentirlo. Busqué a Gilraen y la localicé a varios metros de mi, no tuve tiempo de llegar, el dragón volvió a golpearme con una de sus garras y caí aún más alejado de mi espada. Alcé la mirada mientras trataba de incorporarme, sentía el tobillo demasiado rígido como para moverlo, entonces vi al dragón y su mirada triunfante. Abrió la boca de nuevo y pude ver como salía el fuego de sus fauces. Pero no sentí que me quemaba, no sentí nada. En ese momento pensé que si Roxy había muerto así, entonces no estaba tan mal, no sentía dolor. Oí una palabra, seca y fuerte, y el fuego desapareció. Tampoco estaba el dragón. Ante mí estaba la elfa, Ira me miraba con cierto aire burlón.
- Estabas luchando contra un dragón recién invocado, y ni siquiera invocado por un nigromante de verdad, sino por uno de mis aprendices-el elfa hablaba con voz clara y serena-. No estás preparado para nada, y mucho menos para una llamada completa.
- Eso no lo sabes-respondí levantándome del todo-. No mo conoces, no sabes cual es mi nivel en la magia, elfa. Sé que puedo hacerlo.
- Morirías sin lograr nada, y no debes morir-dijo esto con cierto fastidio-. Sabes tan bien como yo que tu nivel de magia es más rídiculo que tu nivel en lucha. Déjalo, vete, conoce mundo y mejora. Quizá así puedas salvarla.
- No sabes nada de mí…-gruní.
NO se en que estaba pensando en ese momento, solo se que me guiaba por lo que me decía el corazón, y lo único que tenía claro era que demostrarle a Ira que era fuerte y poderoso era mi camino para salvar a mi amiga.
Rebusqué en mi memoria algún hechizo poderoso, pero solo encontré uno. De mis manos brotaron dos potentes chorros de agua que fueron directos a la elfa. Pero ella ni se inmutó, el agua rebotó contra el escudo invisible que ella había creado. Enfurecí aún más, algo tendría que haber para poder demostrárselo. Esta vez de mi mano empezaron a lanzarse hacia ella rocas de un tamaño considerable, ninguna consiguió pasar el escudo. Volví a centrarme pero cuando iba a mover mis manos para realizar el hechizo comprobé que no podía. Gruñí.
- ¿Qué me has hecho?
- Estás paralizado, ángel. Deja de ponerte en ridículo. ¿Agua y rocas contra una elfa? No son tus dones habituales, ni siquiera conoces los conocimientos básicos.
- ¡Se que puedo hacerlo!-grité- Además, ¿Qué más te da? ¿Por qué no me dejas intentarlo aunque muera?
- Eso no es asunto tuyo…-musitó ella.
Noté que su magia se había debilitado un poco, aún no podía mover mis manos pero quizá… Esa criatura me estaba menospreciando sin apenas conocerme y el futuro de Roxy estaba en mis manos, estaba muerta por mi culpa y debía hacer algo.
- Sólo eres una elfa maga con dones para los muertos, ¿Qué sabes tu de los dones de los ángeles? Ni siquiera eres de una raza superior…
- ¡Cállate!-su furia intentó taladrarme con la mirada- Se mucho de ángeles y se que no eres más que un niño.
Empecé a notar una fuerza en mi interior, no sabía de donde venía ni que era, solo sabía que podía usarla y como. La concentré en el cielo mientras hablábamos y las nubes comenzaron a poblarlo. Los rayos empezaron a relampaguear sobre nuestras cabezas.
- ¿Qué haces?
- Demostrarte que no soy un ángel inútil-respondí resuelto.
El primer rayo fue a parar a pocos metros de la elfa, mi parálisis desapareció. Observé como ella ampliaba su escudo hasta el hacerlo completo, un rayo rebotó sobre él. Corri hasta Gilraen y la empuñé mientras me acercaba a la elfa. Los rayos seguían sucediéndose, uno tras otro.
- ¿Sigues pensando que soy un niño?
- Eres un niño, además un niño estúpido-ella parecía más preocupada por mi que por cualquier otra cosa-. Esto te consumirá, Darien.
El oírla pronunciar mi nombre como si me conociera me enfureció aún más y esto fue más energía para los rayos. Uno de estos logró atravesar el escudo y golpeó a la elfa. SU protección finalmente cedió y me abalancé sobre Ira. Esta me vio venir y cintó hacia un lado esquivando mi brutal estocada. Me di cuenta de que tenía razón, comenzaba a cansarme, pero yo no me iba a rendir, no cuando había abanzado tanto. Salté de nuevo a por ella y esta vez conseguí darle, le rasgué una manga del vestido y sangre proveniente del brazo derecho de Ira empezó a manar. La tormenta, creada por mí, se había descontrolado, yo sabía que no podía pararla. Había oscurecido por las nubes, oía chillidos de otros seres y los árboles caían chamuscados en el bosque, pero sólo podía pensar en Roxy.
Todo pasó muy rápido, Ira me miró, una mezcla de rabia y disculpa pintada en sus ojos negros, y lo último que ví fue una bola oscura hacía mí. Ni siquera Gilraen pudo salvarme de este ataque.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Corre.
Notaba que se acercaba porque el dolor en su cabeza aumentaba, la mordedura de la pequeña Malpolon le había hecho bastante daño en la pierna, por lo que podía percibir en el caos mental, del chico, un chico joven y solo. A otra persona quizá le hubiera picado la curiosidad, pero no a ella, y mucho menos en ese momento. Conforme se acercaba empezó a sentir también el miedo, la rabia y la desesperanza de aquella persona que se sentía completamente desamparada. Una parte de ella pedía a gritos cambiar de dirección, volver atrás y, con un poco de suerte, reencontrarse con el halcón, sabía que podía llamarlo, y así terminar su dibujo. No le gustaban las cosas a medias, era algo demasiado imperfecto. Como tampoco le gustaba aquello, eso sí que era algo terriblemente imperfecto, arriesgar su vida por salvar a un desconocido que probablemente ni se lo agradecería, eso si conseguía hacerle entender que le estaba ayudando. Bufó de nuevo y, en vez de dar marcha atrás, aceleró el paso. El chico tenía miedo, gracias a dios no era pánico, y, también afortunadamente, no sabía nada de serpientes de ese modo podía pensar que la otra serpiente que se acercaba cada vez más era igual que la primera.
Cuando divisó al claro fue disminuyendo el ritmo, observando la situación con todos sus sentidos atentos. El chico, de pelo negro, estaba de espaldas a ella y de cara a las serpientes, ligeramente encorvado hacia la pierna herida, una mano apoyada a un lado para mantener el equilibrio, la otra apretando con fuerza con encima de la mordedura. Las dos serpientes estaban a poco más de un metro de él, la mortal un poco más alejada que la otra. A la derecha del chico había una posible vía de escape, la serpiente más cercana no era la que le preocupaba. Al entrar del todo en el claro las serpientes la vieron, la Malpolon se giró hacia ella y la amenazó con su bífida lengua pero la Naja, tal y como ella esperaba, no apartó la vista de su futura presa. El sonido del siseo de la pequeña serpiente avisó al chico de su llegada y éste se giró en su dirección.
No pasó nada hasta que sus miradas se encontraron y los sentimientos de él, al menos la parte más fuerte en ese momento irrumpieron en ella, y la dejaron paralizada. Su mente se desconectó y el control de todo lo tomó su poder, su empatía controlaba la situación y eso no era para nada algo bueno. Sintió ganas de abalanzarse entre el chico y los dos reptiles para protegerlo, aún sabiendo que moriría. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, él se dio cuenta del único modo de sacarla del trance. Habló. Y aunque solo fue una palabra sirvió para que su mente volviera a razonar, a preguntarse sorprendida si era verdad eso que había oído y, lo más importante, a controlar.
¿Qué hacía alguien que hablaba su lengua en el hostil corazón de Turquía?
Cuando divisó al claro fue disminuyendo el ritmo, observando la situación con todos sus sentidos atentos. El chico, de pelo negro, estaba de espaldas a ella y de cara a las serpientes, ligeramente encorvado hacia la pierna herida, una mano apoyada a un lado para mantener el equilibrio, la otra apretando con fuerza con encima de la mordedura. Las dos serpientes estaban a poco más de un metro de él, la mortal un poco más alejada que la otra. A la derecha del chico había una posible vía de escape, la serpiente más cercana no era la que le preocupaba. Al entrar del todo en el claro las serpientes la vieron, la Malpolon se giró hacia ella y la amenazó con su bífida lengua pero la Naja, tal y como ella esperaba, no apartó la vista de su futura presa. El sonido del siseo de la pequeña serpiente avisó al chico de su llegada y éste se giró en su dirección.
No pasó nada hasta que sus miradas se encontraron y los sentimientos de él, al menos la parte más fuerte en ese momento irrumpieron en ella, y la dejaron paralizada. Su mente se desconectó y el control de todo lo tomó su poder, su empatía controlaba la situación y eso no era para nada algo bueno. Sintió ganas de abalanzarse entre el chico y los dos reptiles para protegerlo, aún sabiendo que moriría. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, él se dio cuenta del único modo de sacarla del trance. Habló. Y aunque solo fue una palabra sirvió para que su mente volviera a razonar, a preguntarse sorprendida si era verdad eso que había oído y, lo más importante, a controlar.
¿Qué hacía alguien que hablaba su lengua en el hostil corazón de Turquía?
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Serpiente.
El halcón por fin la miró. Llevaba allí apostada, esperando pacientemente, más de dos horas y hacía mucho calor pero apenas se había movido. Su respiración era casi inaudible, casi no se notaba como subía y bajaba su pecho cuando el ardiente aire entraba por su nariz. Se moría de sed y tenía los labios secos, pronto se agrietarían, pero ahora tenía su recompensa. El halcón se miraba y se establecía la conexión. Los latidos de ambos se acompasaron, fue como siempre, un lazo entre los dos, y sintió. Sintió el alma del halcón, libre y altiva, fusionándose con la suya propia, libre cada vez que llegaba a ese estado. Vio, recordó y hasta vivió todo lo que había ocurrido en la existencia del ave y pudo comprender.
Cuando los pensamientos del halcón dejaron de ser una red inconexa de ideas sin destinatario para pasar a ser un auténtico reclamo de conversación supo que debía comenzar a dibujar. Los trazos salieron solos, como siempre, quebrando la blanca pureza del papel con el carboncillo ahora negro. Se sentía exaltada, tan emocionada que estaba fuera de sí. Era la simbiosis perfecta y disfrutaba como si fuera la primera vez cada vez que lo lograba.
Pero no duró mucho, al menos no lo suficiente como para que lograra captar la esencia del animal en el dibujo a través de su mano. Sintió, no oyó, un grito desesperado. Furia y miedo al mismo tiempo. Y la conexión se quebró. El halcón pareció volver a sí mismo y ella a su propio cuerpo, las almas se habían separado de forma demasiado violenta para su gusto. El ave la miró, parecía indignado. Abrió sus enormes alas, grises con pequeñas motas blancas y marrones, y echó a volar. Lejos, hasta perderse en la luz del sol.
Mientras miraba como su ilusión se evaporaba, consiguió entender más de ese grito. Alguien se veía amenazado, alguien estaba furioso y había atacado a eso que le había hostigado. Ese eso era un humano, un humano que había sido mordido por una serpiente.
Ella bufó, decepcionada, y se dio la vuelta sobre si misma, quedando boca arriba. El único motivo por el que se movió y casi voló hasta el humano que prácticamente aullaba de dolor fue que percibió otra presencia. Otra serpiente cerca de la inofensiva culebra bastarda se había sentido también atacada. Era una cobra, una Naja que estaba preparándose para atacar. En 15 minutos, ese humano que no sabía donde se había metido estaría probablemente muerto.
Cuando los pensamientos del halcón dejaron de ser una red inconexa de ideas sin destinatario para pasar a ser un auténtico reclamo de conversación supo que debía comenzar a dibujar. Los trazos salieron solos, como siempre, quebrando la blanca pureza del papel con el carboncillo ahora negro. Se sentía exaltada, tan emocionada que estaba fuera de sí. Era la simbiosis perfecta y disfrutaba como si fuera la primera vez cada vez que lo lograba.
Pero no duró mucho, al menos no lo suficiente como para que lograra captar la esencia del animal en el dibujo a través de su mano. Sintió, no oyó, un grito desesperado. Furia y miedo al mismo tiempo. Y la conexión se quebró. El halcón pareció volver a sí mismo y ella a su propio cuerpo, las almas se habían separado de forma demasiado violenta para su gusto. El ave la miró, parecía indignado. Abrió sus enormes alas, grises con pequeñas motas blancas y marrones, y echó a volar. Lejos, hasta perderse en la luz del sol.
Mientras miraba como su ilusión se evaporaba, consiguió entender más de ese grito. Alguien se veía amenazado, alguien estaba furioso y había atacado a eso que le había hostigado. Ese eso era un humano, un humano que había sido mordido por una serpiente.
Ella bufó, decepcionada, y se dio la vuelta sobre si misma, quedando boca arriba. El único motivo por el que se movió y casi voló hasta el humano que prácticamente aullaba de dolor fue que percibió otra presencia. Otra serpiente cerca de la inofensiva culebra bastarda se había sentido también atacada. Era una cobra, una Naja que estaba preparándose para atacar. En 15 minutos, ese humano que no sabía donde se había metido estaría probablemente muerto.
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