domingo, 15 de noviembre de 2009

Deshojar

Iba andando sin mirar a dónde, daba igual, no tenía prisa. La música repiqueteaba en sus oídos pero ella no la escuchaba, estaba demasiado ocupada escuchando sus pensamientos, las dos versiones de una misma idea. El viento le había revuelto el pelo, los mechones volaban a su antojo alrededor de su cabeza y sus manos estaban zambullidas en el fondo de los bolsillos, sin que ella recordaba haberlas metido ahí. Tenía frío  y tampoco lo notaba. Era una de esas muchas personas que andaban por andar en el mundo, sin rumbo ni destino, hasta se podría decir que sin origen de tantas veces que se había echado a andar.
De repente un movimiento brusco, algo moviéndose por delante de ella e incluso notó la tierra temblar. Se paró en seco, su cuerpo se balanceó ligeramente hacia delante y luego hacia atrás, y alzó la mirada. Una rama cruzaba el camino del lado derecho hacia el izquierdo. Había pasado incontables veces por allí y jamás había visto eso, esa rama no estaba allí antes. Desvió su mirada hacia la derecha, el árbol se inclinaba hacia el sendero, aunque con imaginación parecía que se inclinara hacia ella.
 La estaba mirando. Su respiración se agitó y trató de calmarse, de pensar con claridad pero el árbol la miraba. Era alto y robusto, quizá un roble pero ella no entendía mucho de la naturaleza, y sus ramas todavía estaban repletas de hojas. El otoño estaba muy avanzado pero el árbol todavía no se había deshojado.
Entonces, escuchó una voz. Asustada, apagó el reproductor de música, sus dedos fallaron varias veces antes de conseguirlo, y miró a los lados y tras de sí. Pero sólo estaban ella y el árbol. El árbol...
El árbol volvió a hablarle, esta vez con voz más clara. La chica entendió la pregunta, tragó saliva con lentitud y asintió. Había apretado las maños en forma de puño en torno a los bordes de su chaqueta.
Suavemente las hojas del árbol comenzaron a caer. Se deslizaban por el aire hasta llegar al suelo, algunas estaban unos segundos volando, otras tocaban la tierra enseguida y otras, las más rebeldes, llegaban hasta ella y danzaban a su alrededor, rozándola.
Cuando dejó de mirar las hojas, el árbol ya no invadía el camino. Ocupaba su espacio habitual en la zona no asfaltada pero seguía mirándola.

1 comentario:

  1. me ha recordado mucho a cuando, triste, me iba a aquel sitio al que intenté llevarte un dia pero que las maquinas excavadoras habian destrozado..era exactamente como lo describes aqui, solo que sin asfalto..

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